• Luis Miguel Romero

Dolores del Río: La Gran Diva mexicana del Cine

Publicado en alejandrabogue.com (03/08/2021).

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Por Luis Miguel Romero

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Hoy en día, la palabra Diva ha perdido todo sentido. A cualquier figura femenina del espectáculo osan bautizarla con este mote, y ese es un error gravísimo. ¿Qué es una Diva? El término proviene de “Divino”, o sea, una deidad, una diosa. Este término se acuñó originalmente en el siglo XIX para designar a las grandes figuras de la ópera italiana. Luego de allí pasó al teatro, y en el siglo XX, al cine. Una diva cinematográfica, es una mujer de fama superlativa. Ya sea por su belleza o personalidad, estas mujeres se convierten en objeto de culto y veneración. Son modelos y musas, inalcanzables, rodeadas y alabadas por el pueblo, pero también por círculos artísticos e intelectuales. Rodeadas de glamour y misterio, a las que difícilmente se puede acceder. Son inteligentes y saben rodearse de gente que contribuye a su lucimiento. No importa si son buenas o malas actrices. La gente acude al cine a admirarlas y las películas están hechas para su lucimiento y admiración. En México tenemos una perfecta representación de una auténtica diva cinematográfica. Y en este espacio dedicado a las #MujeresQueInspiran y #TributoALosGrandes, hablaremos de ella. Se trata de la mítica Dolores del Río.




María de los Dolores Asúnsolo López Negrete nació el 3 de agosto de 1904 en Victoria de Durango, Durango, México. Hija del banquero Jesús Asúnsolo y de la aristócrata Antonia López Negrete. Ambos padres provenían de esa aristocracia añeja que aún sobrevivía en México en el periodo del Porfiriato (1884-1911) (de hecho Doña Antonia tenía un documento notariado que certificaba su neto abolengo, que venía desde la época virreinal). Nacida literalmente en sábanas de seda, la pequeña Dolores sufrió los estragos de la Revolución Mexicana (1910-1917). El conflicto bélico obligó a su familia a mudarse a la Ciudad de México. La joven Dolores creció, y curiosamente afirmaba haber sufrido una especie de complejo de “patito feo” debido a su tez morena. Fanática de la danza interpretativa, comenzó a practicar este género y a realizar presentaciones menores en bailes de gente de sociedad. Fue justo en uno de estos bailes cuando Dolores conoció al aristócrata Jaime Martínez de Río. Este culto y elegante caballero, 18 años mayor que ella, terminará convirtiéndose en su primer esposo en 1921. Por desgracia, el joven matrimonio enfrentó una severa crisis económica tras volver a Durango después de la luna de miel. Al fracasar el mercado del algodón, la pareja se instala en la Ciudad de México. Y fue allí, cuando en 1925, Dolores conoció al cineasta estadounidense Edwin Carewe, quién se encontraba de paso en México. Este hombre quedó prendado de su belleza al verla bailar. Y la única forma que se le ocurrió para tenerla cerca era ofreciéndole trabajar en Hollywood. A Dolores y a su marido no les pareció tan descabellada la idea, a pesar de que, para la gente bien, Hollywood era un nido de vicios. Así fue como Dolores emprende su viaje a La Meca del Cine.




La ahora llamada simplemente “Dolores del Río”, debutó en el cine en la cinta Joanna, bajo la dirección de Carewe en 1925. Su belleza latina causa sensación en un Hollywood lleno de rubias. Si Rudolph Valentino puso de moda a los galanes morenos en Hollywood, Dolores fue su versión femenina e hizo lo propio en el género femenino. En un principio fue caracterizada en roles étnicos, o incluso exóticos, pero eso sí, no fue una actriz secundaria limitada a roles menores, sino que era la figura estelar y central de sus películas. De allí vienen los éxitos Resurrection (1927), Ramona (1928) o Evangeline (1929), hoy consideradas obras clásicas de la última etapa del cine mudo estadounidense. En Ramona, Dolores incluso se atrevió a cantar en el soundtrack.


Por desgracia, su marido no fue capaz de compartir su éxito. La pareja se divorcia en 1928. Dolores también se deshizo de la invasiva tutela de Carewe, y en medio de esta independencia, debuta en el cine sonoro en la nueva década de los 1930s.





Con la llegada del sonido, la carrera de Dolores enfrenta un gran desafió, pues fue la tumba de la carrera de muchas estrellas de la era silente. Ella pasó la prueba y además, experimenta un cambio en su imagen, abandonando su aura “exótica” y cubriéndose de glamour, joyas, pieles y satenes, convirtiéndose en una de las grandes princesas de Hollywood. Su belleza ha sido catalogada como una de las más sobresalientes de la época. Dolores era considerada como una versión latina de Greta Garbo o Marlene Dietrich. Su segundo matrimonio con el director artístico de la MGM Cedric Gibbons, la convierte además en socialité de moda en California. De esta época se desprenden las exitosas películas Bird of Paradise (1932), Flying Down to Rio (1933) o Madame Du Barry (1934). Además, su gracia para bailar, la convierte en favorita para interpretar números en el cine musical, que en ese momento estaba en su cenit.







Por desgracia, todo tiene su tiempo, y en esa época (aún más que ahora), las estrellas tenían “fecha de caducidad”. La fama de Dolores declina para finales de los 1930s.


En medio de este proceso, Dolores se divorcia de su marido para vivir un intenso y apasionado romance con el genio del cine: Orson Welles. Quizá muchos lo ignoren, pero gracias a Dolores, Welles tuvo la idea de realizar su obra maestra Citizen Kane (1940), considerada la mejor película de los primeros cien años del cine. Lo malo es que Welles lo que tenía de genio, lo tenía de infiel y Dolores rompe su compromiso con el. Con el corazón roto y con una carrera a la deriva, decide regresar a México en 1943, tras 18 años en los Estados Unidos.



Y para su buena fortuna, en ese momento el cine mexicano florecía en su llamada Época de Oro. Y nuevamente Dolores capta un admirador incondicional: el cineasta Emilio “El Indio” Fernández. Enamorado de Dolores, Fernández la convierte en su actriz fetiche y la estrella de varias joyitas del cine mexicano: Flor Silvestre, María Candelaria (ambas de 1943), Las abandonadas, Bugambilia (ambas de 1944) y La malquerida (1949). Y con esto, Dolores retoma su estatus de diva, pero ahora en el cine hablado en español.






Si ya de por sí en Hollywood era alabada por artistas e intelectuales, en México se convierte en la reina y foco de atención de figuras como Diego Rivera, Frida Kahlo, Salvador Novo, Rosa Rolanda, Pita Amor y un nutrido clan artístico que la plasman en obras o le dedican poemas y hasta canciones. Su hegemonía en el cine mexicano se mantuvo durante los 1950s. En 1959, se casó por tercera ocasión con el empresario estadounidense Lew Riley, quien la acompañó hasta el final de su vida.



En 1960, Dolores vuelve a Hollywood tras 17 años de ausencia, para acompañar a Elvis Presley en la cinta Flaming Star. Para ese momento el cine mexicano también había decaído, por lo que Dolores se adentra en la televisión (en los Estados Unidos, en series western o policíacas) y el el teatro. Se le recuerda por montajes teatrales como Anastacia (1956), El abanico de Lady Windermere (1957), Espectros (1961) o La Dama de las Camelias (1970), entre otros. En sus últimos años, Dolores se muestra comprometida con el arte (como parte de la Sociedad Protectora del Tesoro Artístico de México), el cine (como organizadora de las reseñas de cine de Acapulco), la cultura (fue una de las fundadoras del Festival Cervantino de Guanajuato), la infancia (como vocera de la UNICEF en Latinoamérica) y los actores de México (fue líder del grupo sindical “Rosa Mexicano” de la ANDA y fundadora de la Estancia Infantil de la misma). Su última aparición en pantalla fue en la película méxico-estadounidense The Children of Sanchez (1978). Y un detalle quizá superficial, pero muy destacado: a pesar de los años, se seguía viendo impecable y más elegante y distinguida que nunca.


Dolores del Río, por Diego Rivera.



A Dolores le aquejaban varias enfermedades. Padecía de artritis y problemas hepáticos (derivados de inyecciones de vitaminas con jeringas infectadas). Tras algunos años con una salud muy deteriorada, falleció en su apartamento de Newport Beach, California, el 11 de abril de 1983. Tenía 77 años. Fue incinerada y sus cenizas depositadas en el Panteón Dolores de la Ciudad de México. En 2005, tras haberse celebrado su centenario, sus cenizas se trasladaron a la Rotonda de las Personas Ilustres, ubicadas en el mismo panteón. Dato curioso: el día de su muerte había sido invitada a presentar un premio de la entrega del Óscar.


Pasaron los años y Dolores parecía algo olvidada y devorada por el tiempo, pero hoy en día, gracias al internet y el auge de las redes sociales, parece haber un interés y redescubrimiento de su carrera. No en balde fue la primera mexicana, y latina, en alcanzar reconocimiento en Hollywood. Y no como actriz secundaria, sino como auténtica diva y superestrella, algo que, sin afán de comparar o menospreciar, no ha logrado hasta ahora ninguna actriz mexicana (y muy pocas latinas).


Monumento a Dolores del Río, Chapultepec, CdMx.


Y cuando la palabra Diva se les cruce por la vida y no sepan lo que significa este término en el cine, acuérdense de Dolores del Río.



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Twitter: @DoloresDelRio1




LECTURA SUGERIDA:



*David Ramón: “Dolores del Río”, Ed. Clío, 1997.

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